Eventos/Literatura

Sergio Ramírez recibe Orden de las Artes y de las Letras de Francia

 

De las manos Antoine Joly, embajador de Francia en Nicaragua, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez recibió el pasado 07 de noviembre la Orden de las Artes y Letras en el grado oficial que concede el Gobierno de Francia.

La Orden de las Artes y Letras es una distinción honorífica francesa instituida el 2 de mayo de 1957 y otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia. Esta condecoración es el reconocimiento cultural más importante de Francia.

Acá el discurso de agradecimiento que ofreció Ramírez al recibir la condecoración:

 

Señor embajador,

Madame Joly,

Amigas, amigos:

 

 

Hace veinte años, el 13 de octubre del año 1993, recibí en esta misma residencia la Orden de Caballero de las Artes y las Letras de manos del entonces embajador, Georges Vaugier. Querido Antoine, perdone mi ignorancia, pero entonces creí que allí terminaba todo. Por eso, cuando llegó a mis manos hace pocos meses la carta de la Ministra de Cultura, Aurélie Filippetti, informándome que Francia me honraba de nuevo con una condecoración, descubrí que esta orden tenía un peldaño más alto, el de Oficial, que usted me ha impuesto esta noche.

 

Le doy las gracias, embajador, y se las doy al presidente de la República Francesa Françoise Hollande, y a la Ministra Filippetti, por colocar mi nombre en una lista de condecorados ilustres entre los que hay no pocos escritores y artistas a quienes admiro.

 

Con la literatura francesa tengo una deuda imborrable. Cuando tenía trece años, había en Masatepe una señora de risa franca y cordial, doña Zoila Monterrey, que guardaba en una vitrina novelas que fui leyendo una a una, la primera El Conde de Montecristo, un libro al que vuelvo siempre que quiero saber cómo trabajan las bielas y resortes de la trampa de atrapar lectores que debe ser una novela. Y desde entonces supe que la condición humana, amor, pasión, venganza, poder, es lo que hace a la novela espejo de la vida, y que cuando un personaje se sale de sus páginas para vivir entre los mortales, como Edmond Dantés, es que la imaginación ha triunfado para siempre.

 

Del encanto por una trama que no cesa en sus sorpresas, y que no deja de producir un solo instante eso que Coleridge llama “la suspensión de la incredulidad del lector”, pasé al amor por la exactitud de la frase engarzada con otra como en una filigrana, esa persecución infinita de la  mot juste, la palabra precisa, que atormentó y deleitó a Flaubert, quien entre tantas cosas me ha enseñado que las palabras no deben desperdiciarse, y que sólo con palabras justas se pueden construir esos personajes como Felicité, de Un corazón simple, el mejor cuento que he leído nunca, la criada que ve volar en el último instante de su vida, planeando sobre su cabeza, a su loro embalsamado relleno de aserrín; o como Emma Bovary, que derrotada en sus sueños de liberarse de la cárcel de su vida provinciana se mete en la boca el arsénico a puñadas, como si quisiera curarse de un hambre salvaje.

 

Soy un lector empedernido de la literatura francesa del siglo diecinueve, aunque ese lenguaje que bulle en mi cabeza es inútil para pedir al recepcionista del íntimo hotel Bonaparte donde siempre me quedo en París, a la vuelta de la iglesia de Saint Sulpice, que me despierte a determinada hora. Son los ecos desconsolados de Las Flores del Mal de Baudelaire los que llevo en mi cabeza, junto con las voces de  Fabrizio del Dongo, testigo de la batalla de Waterloo, en La Cartuja de Parma de Stendhal; El antiguo prisionero Jean Valjean perseguido por la ciega e implacable justicia, en Los Miserables de Víctor Hugo; el perfumista de la Place Vendôme, primero próspero y luego arruinado, en Historia de la grandeza y decadencia de César Birotteau, de Balzac, uno entre la multitud de provincianos arribistas, campesinos convertidos en burgueses, antiguos revolucionarios enriquecidos, de la inconmensurable Comedia Humana.

 

Pero los escritores franceses del siglo dieciocho, y del siglo veinte, también tienen en mi biblioteca de Managua sus altares, Moliére, Michelet, Voltaire; y André Guide, Marcel Proust, Marguerite Yourcenar, Julien Green, André Malraux, Albert Camus.

 

Julien Green,  en el libro que recoge el diario del último año de su vida, Le grand large du soir (1997-1998), se refiere a unas anotaciones del cuaderno de encargos de un restaurador suizo en 1873, comisionado para reparar un fresco en el techo de una iglesia. Así presenta su presupuesto:

 

Modificar y barnizar el séptimo mandamiento: 3.45 francos.

         Ensanchar el cielo y ajustar algunas estrellas; mejorar el fuego del infierno y darle al diablo un aspecto razonable: 3.86 francos.

         Retroceder el fin del mundo, ya que se halla demasiado próximo: 4.48 francos.

 

Modificar los mandamientos, ensanchar el cielo y ajustar las estrellas, atizar las llamas del infierno, disfrazar al diablo con las vestiduras de pastor de ovejas, retardar el fin del mundo. Ni más ni menos. Así he sentido siempre que es el trabajo del escritor. Inventar lo que no siendo posible debe parecer posible, dar a la realidad apariencia de invención, y a la invención apariencia de realidad.

 

Un cuaderno de encargos como el que también llevaba Voltaire, héroe de la ilustración, filósofo iluminista, poeta, narrador, prosista y dramaturgo. Escribió la asombrosa cantidad de 18.000 cartas, publicadas muchos después de su muerte en 89 volúmenes, en las que  combatía los abusos de poder,denunciaba las sentencias judiciales mal resueltas y las ejecuciones atroces de prisioneros; lo que hoy en día llamaríamos un onbusman. Si fuera contemporáneo nuestro, Voltaire tendría de seguro un blog,  un muro de Facebook, y hasta un Twitter con miles de seguidores, hábil como era con los epigramas, que ya se sabe deben escribirse con pocos caracteres.

 

En Ferney sentaba a su mesa hasta doscientos comensales, muchos de ellos alojados en su propio palacete, llegados de diversas partes de Europa en peregrinación. Sobre las fuentes de su riqueza  se cuentan muchas historias, pero hay una que me seduce, y es que ganó cinco veces la lotería gracias a su dominio de los cálculos matemáticos, aprendidos gracias a las enseñanzas de su amante ilustrada, la marquesa de Châtelet, estudiosa de las leyes de Newton.

 

Voltaire fracasó en su quimera de reformar el poder absoluto. Quiso convertir en demócratas a Federico de Prusia y a Catalina la Grande de Rusia,  tarea imposible. Ya se sabe que el poder absoluto lo ejercen aquellos que creen en que su destino es quedarse en el trono para siempre, y el de sus súbditos soportarlo. Ese intento ha sido, una y otra vez, el fracaso de los intelectuales, pero no de las utopías, que siempre reverdecen.

 

Pero tampoco olvido a André Malraux, que luchó del lado de la república en España, transformando sus convicciones en acción, de los misma estirpe romántica de Stendhal que combatió en Europa bajo las banderas napoleónicas, no importaba que Napoleón reprendiera a los oficiales de su ejército por dedicarse a la vana distracción de leer novelas en los campamentos, en lugar de aleccionarse en los libros de historia. Otra vez, el desacuerdo entre las armas y las letras.

 

Y también tiene su propio altar Albert Camus, de quien recibí un impacto a fondo cuando leí en mi adolescencia sus novelas El Extranjero y La Peste. Igual que Malraux, sus libros tuvieron mucho que enseñarme sobre la dignidad humana. Vean ustedes qué coincidencia feliz, que este mismo día se cumplen cien años de su nacimiento. Estas palabras suyas bastan para definirlo: “hoy se humilla o se encadena a la libertad… la libertad está viuda, pero reconozcámoslo, porque esa es la verdad, está viuda de todos nosotros”. Es decir, por culpa de todos nosotros.

 

 

Querido Antoine, querida Edith:

 

Isaac Bashevis Singer, el gran escritor judío, dijo alguna vez que uno es escritor porque siente la necesidad de contar a otros lo que de otra manera nunca llegarían a saber. Yo me identifico con esa necesidad, siempre apremiante, y soy escritor por eso. Pero para serlo, se necesita un espacio donde vivir como escritor, porque además de una necesidad, la escritura es un oficio. Valga para recordar que mi primer libro de cuentos se publicó hace ya cincuenta años, en 1963, otro feliz aniversario.

 

Ese espacio tan vital lo ha creado para mí, a lo largo del camino de mi vida Tulita, un camino que hemos recorrido juntos por cincuenta años, quien lo diría, que ya pronto van a cumplirse, casi la edad de mi primer libro que ella salió a vender de puerta en puerta en León, mientras yo me refugiaba en mi pieza de estudiante, lleno de terror. Castigo Divino se lo dediqué con estas palabras: A Gertrudis, que inventó las horas para escribirlo. No hay nada más cierto, ella tiene también, y más que yo, el poder de la invención.

 

Y gracias a mis hijos y a mis nietos por acompañarme en esta ceremonia que representa tanto en mi vida, lo mismo que a todos ustedes.

 

Sergio Ramírez

Managua, 7 de noviembre de 2013

 

 

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