Poesía

Poemas de Jaime A. C. Verduzco (México)

Jaime A. C. Verduzco

 

(México, 1984)

 

 

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Nacido en San Felipe, Baja California (México) en 1984. Criado en la interminable metrópoli de Los Ángeles, California. Licendiado de UCLA en Literatura mundial en inglés.  Profesor de lenguaje, matemáticas y ciencia; voluntario de los Cuerpos de Paz (2009-2012); funcionario y servidor público.

 

 

Cinco de noviembre

Mientras desahogaba náufragos me vi uniendo líneas paralelas,
o bien, lo vi a Dios hacerlo en mí, con mis manos.
¿Qué saben los científicos y matemáticos del infinito
que no sepa el menor de los poetas?
Con mis manos he logrado quebrar sus leyes de física cuántica, con mis pies
he atravesado su división tiempo-espacio;
sus postulados y teoremas no pueden contra las fuerzas incógnitas
de mi garganta y pulmones.
He volado entre nubes preñadas de tormentas, respirado bajo el agua
de todos los mares dulces y salados, y derrumbado paredes impregnables
con un sólo aliento.
He bebido un café en París y comido gallo-pinto en Managua,
todo al mismo tiempo.

“Caballeros, disculpen que les doble y desdoble todas sus reglas,
pero no hay jaula que capture la Libertad, sólo prisiones que
en amargura presumen intentarlo.”

Te digo, amigo amante: ¡yo no creo en esas cosas!
que no se puede viajar más rápido que un rayo de luz,
que no se pueden besar labios como los míos,
que no se puede cambiar al mundo
¡No les creo ni un comino!

¿Quién murió y les hizo dioses? ¿Quién votó y les hizo
presidentes cristianos, socialistas y solidarios del universo?
Yo vivo de acuerdo a leyes que todavía no han escrito -que nunca
podrán- porque desde un principio ya existían.

No se equivoquen, señores: quiero conocer todos sus reglamentos y curvarlos,
crear arcos que me lancen entre nubes,
virarlos y formar grietas relámpagos por sus
columnarias superficies de marfil.
Pues ¿no saben que el dolor es el placer hecho forma, y viceversa?

Esa Libertad se encuentra entre amplias hendeduras: excepciones;
en los vacíos que dicen aborrece ‘la naturaleza’,
Se encuentra en la solemne soledad de cada voluntario acto de amor
y de fe, en la negra tiniebla del sepulcro –quieto- siempre a punto de resucitar.

 

 

Sueño – Fragmento I

En ti despiertan los mañanas que con deseos
se lanzan limpios
hacia el destello de lo que será.
Hoy vivir por tu existencia siempre:
qué placer y honor errar al lado tuyo.

El austral sin astenia cede al enemigo oscuro;
mas el viento no se quiebra, ni desdobla
en su vigor sosiega tempestades (No, No lo tengo.
Los murmuros se me escapan entre dedos);
tu respirar sosiega, mi temor traiciona,
hasta que miro alzar y reposar esa marea de tu pecho oscilar lento:
la laguna de tus sueños

Apacible evento el respirar de alientos ancestrales
que sobre párpados en esmeralda son guardianes de silencios.
Mis manos temen descubriendo tu piel de barro fresco,
comparten de tus labios, fijos y brillantes.

Sueña; y dame de tu juventud en tragos a llovizna
bebamos brisas,
pues Vida sobra.
Y yo, yo te doy la mía -lo que queda-
que aguarda impaciente en esta boca.

Dejas tu reposo en mis espacios,
colmas el vacío que ha desesperado
con tu cara, cuerpo, tus colores
-por obra oculta o misteriosa-
vibran entre pestañas bañadas
de sol de plena tarde.

Eres Mañana: que es, y siempre llega.

 

 

La Trinidad

Anoche subí por una calle que llevaba a la montaña. Allá por cuevas de Mocuanas legendarias. Caminaba junto a compañía de todas edades, mas eran dos que compartían mi camino.

Como la costumbre dicta, cuando frente a grandes gradas me dispongo, adelanté mi viaje en pasos mercuriales; solo, entonces, llegué a la cima y esperé, mientras se reunían los que abajo, lejos, dejé llenos de lamentos vanos, maldiciendo la razón entre la altura y la distancia. Esperé en silencio oscuro, mientras la luna -casi llena- también montaba dulcemente la otra cuesta de ese cerro.

Miraba con melancolía al valle de casas y de campos -más allá de acantilados rocosos en caras montañosas- a las estrellas (ya en lo alto) que también pacientes aguardaban la ascención de compañía.

Y entre esas tres visiones -el lecho del hombre, la naturaleza que le alimenta el cuerpo, y el cielo que a sus sueños le da anhelo- vi la Trinidad de Trinidades, santa como el agua que rociaba suavemente en el sereno de esa noche extraña.

Los tres, ahora, reunidos en el punto alto que encabeza ese camino, continuamos por la vereda que seguía.

 

"Hidding" por Paulo Silva

“Hidding” por Paulo Silva

 

 

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