Cuentos

Cuentos de Eley Grey

 

Eley Grey

(Orillas del Mediterráneo, 1980)

 

Lydia Las Mujeres de Sara foto

 

 

 

Siempre ha sido una persona de mente inquieta y pensamiento rápido, acostumbrada a decir lo que piensa y como lo piensa. Es licenciada en Historia por la Universidad de Valencia y profesora de Geografía e Historia, se ha formado en el campo de la educación y la enseñanza durante toda su vida, orientando su aprendizaje hacia el fomento de la escuela diversa e inclusiva. Sus relatos, historias y cuentos guardan un objetivo común: mostrar la diversidad, favorecer la visibilidad para crear más referentes, y promover así la existencia de soportes reales, donde encontrar experiencias vitales. Colabora en distintas revistas digitales y en papel con cuentos e historias como Mirales, Revista Magles, y Universogay. Publicó su primera novela Las mujeres de Sara bajo el sello editorial La calle LGBT en 2014. Acá compartimos dos de sus cuentos breves.

 

 

 

La vida ajena

Una sonrisa transparente, sincera, plena. Dos lágrimas rebosantes de emoción. Imagen congelada. Fotograma tras fotograma va reconstruyendo la historia. Una historia que perdurará heredera de futuras generaciones. El llanto, la alegría, el malestar, una brizna de viento y una mueca de ansiedad. Pueden desaparecer de la retina humana, pero no de su cuadro de película emulsionada con sales de plata.

Esa mañana salió como cada día, en busca de su propia realidad. Al adentrarse en el bosque dejó la noción del tiempo atrás. Tras cada disparo aumentaba su poder. Después de cada fogonazo se relajaba su respiración. Al atardecer pensó que había logrado alcanzar el objetivo y regresó a casa. El cuarto oscuro calmaba sus miedos. Allí, rodeado de penumbra, podía ser él mismo, es decir, nada. En aquella habitación dejaba su invisibilidad campar radiante entre los líquidos y las cuerdas.

Comenzaba el ciclo diario: esta vez empezaría por las de los niños de su calle, los que jugaban con la pelota para rellenar su infancia. A continuación, las del bosque, le darían un respiro antes del primer plato. Por último, el postre: desde su ventana había podido captar a sus dos vecinos abrazados, enamorados, recorriendo sus cuerpos desnudos, esculpidos tras las horas de trabajo en el gimnasio. Juan y Miguel no sabían ni que existía. Para ellos, nuestro fotógrafo era, si cabe, todavía más invisible que para el resto. Pero aquella idea no era relevante en ese momento. Se disponía a ingerir su dosis de realidad construida y ningún pensamiento debía enturbiar aquel instante. Devoró cada curva, cada músculo en tensión, cada beso y cada poro en la piel de aquellos dos. Una vez saciado, se sentó en el sillón y dejó a la magia hacer la digestión. El viaje siempre empezaba pausado, constante, como una atracción de feria. Pero en pocos segundos, al igual que en esas máquinas, todo se alejaba de su control, aumentaba la velocidad y los movimientos iban ganando brusquedad. Veía su cuerpo postrado en aquel asiento respirando, pero pronto volaba, lo hacía lejos, o cerca, según el día de la semana. Dejaba que el viento golpeara su rostro y se deslizaba entre sus corrientes.

Ese día sería el último, se lo había prometido a sí mismo antes de iniciar el festín. Sería el último porque tras las últimas instantáneas perdió el hambre para siempre. El vacío se instaló en su estómago y la respiración, que empezó siendo pausada, fue perdiendo intensidad. Tan lentamente, que hubieran podido pasar años hasta que alguien se hubiera dado cuenta de que aquel cuerpo hacía mucho tiempo que ya no vivía.

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdos de Ester

Corro lento, ando rápido. Llego tarde, como siempre. Avanzo por la acera recordando sus últimas palabras: “Espérate aquí, enseguida vuelvo”. Recuerdo su sonrisa mientras me hablaba. Evoco a Ester ahora, a punto de cruzar la calle, al ver esta moto pasar. Parpadeo, las pestañas pesan demasiado hoy. He dormido mucho, aunque he dejado de soñar. El humo del tubo de escape se materializa y se me antoja su cara. Ese rostro angelical abrazando sus acuosos ojos de mar.

Llego tarde y tengo que aprender que ya no está. Me obligo a recordar que se marchó para siempre, pero no puedo evitar pensar en sus manos cuando llego al edificio. Toco al timbre, y me contesta una voz muy familiar. Me parece la de ella. Por un segundo las costillas chocan contra mi pecho en un golpe de emoción. Subo corriendo las escaleras y empujo la puerta con fuerza. La muchacha del mostrador me da las buenas tardes y me invita a esperar. Su dicción es similar, algo en el final de las palabras evoca serenidad en mí. Respiro hondo y la vuelvo a imaginar. Creo que iré al baño. Me miro en el espejo y observo mi lunar. “Ese lunar es mío”, recuerdo su canción. Vuelvo a la sala de espera. “Ya puede pasar, señorita Silvia”, me indica la chica. Cuento los pasos hasta la habitación: cuatro, como los años que vivimos juntas.

—Hola, Silvia, buenas tardes.

—Creo que ya estoy mejor, doctora, no he vuelto a soñar. Estoy recuperada, ¿verdad?

—Veamos, ¿has tomado las pastillas?

—Sí, señora.

—¿Y dices que no has vuelto a soñar?

—Así es.

—De acuerdo. Veamos, cuéntame qué has hecho esta mañana, Silvia.

—Lo de siempre, arreglar un poco la casa y sacar al perro.

Tras millones de preguntas acabamos la sesión. Por fin me ha dado el alta. Me alegra saber que estoy curada, que ya no la recordaré más. Aunque me da pena no volver a ver a la doctora, tiene la misma boca que Ester.

 

 

Foto: Amelia Fletcher

Foto: Amelia Fletcher

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Un pensamiento en “Cuentos de Eley Grey

  1. Reblogueó esto en y comentado:
    La Revista Vórtice comparte con nosotrxs dos cuentos. Me siento profundamente emocionada. Gracias por ayudar en la tarea de visibilizar la normalidad en el amor, también con las letras.

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