Literatura/Poesía

Enrique Fernández Morales: “habitante de los cinco continentes del arte”

Enrique Fernández Morales

(Granada, Nicaragua 1918 – 1982)

 

 

“Solo el amor detiene la violencia del tiempo”
Enrique Fernández Morales

 

 

Enrique Fernández Morales

 

 

Poeta, dramaturgo, narrador y pintor. Estudió artes plásticas en la School of Fine Arts de San Francisco y en la Arts Students League de Nueva York. Luego viajó a Alemania donde se especializó en Educación para Adultos, y una vez de regreso al continente americano se diplomó en Restauración de Museos en México.

Pablo Antonio Cuadra lo llamó “habitante de los cinco continentes del arte” por su aporte a las artes nicaragüenses. Promovió e impulsó el arte y la cultura en Nicaragua en los años 40, 50 y 60. Su trabajo fue reconocido con la Orden Cultural Rubén Darío y el Premio Nacional Rubén Darío (1970). La XI edición del Festival Internacional de Poesía Granada, Nicaragua 2015 le rinde homenaje. Acá te compartimos tres de sus poemas.

 

Soneto para morir

No me apures, Señor que ya me entrego;
espera un poco mientras me acomodo;
es en este morir tan nuevo todo,
que siento en mí un fugaz desasosiego.

No es temor de la muerte; no es apego
a este cuerpo que hicistes con el lodo,
pero quiero morime yo a mi modo,
haciendo que me muero como en juego.

Me tenderé en silencio mientras cuentas:
uno,dos, tres, despacio, a ver, empieza,
mas no apagues la luz tan de repente

que es difícil así buscar a tientas
reposar en tus brazos mi cabeza:
Ahora sí….uno, dos….qué suavemente.

 

Nocturnos de Debussy

Suena la angustia como el mar,
pon la oreja sobre esta concha.

Después no dirá nadie que no supe esperar.
Asistí a los funerales de la noche.
Mi queja derribó la última estrella
y mi gemido hirió el crepúsculo del alba.

Llamé y no hubo tras la muralla otro corazón.
Rodará despeñándose en este mar la música
(música desleída, agua sonora, gemido y lágrima).

Y nada se oirá sino el sonar del mar…
el rumor de dolor como el rumor del mar.

 

Silencio

Y que ya nada crezca sobre el llanto;
ni el heliotropo triste para el verso
ni la rosa sensual de los recuerdos.
Sólo el cardo heridor de los desiertos
sobre el ancho abandono, como un mar
donde todo es igual, hasta la muerte.

 

 

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