Cuentos

Breves de Michael Benítez Ortiz (Colombia)

Michael Benítez Ortiz

(Colombia, 1991)

 

 

Foto: Jonatan Jiménez

Foto: Jonatan Jiménez

 

 

Michael Benítez Ortiz nació en Bogotá, Colombia en 1991. Ganador del Concurso Internacional de Narrativa Palabra sin Frontera (Argentina) en el 2013 con el libro de cuentos “Bogotrash”. Primer lugar en el Concurso de poesía del Festival de las Artes Rafael Uribe Uribe, Bogotá (2011), mención en el Concurso Crónica UY Festival, Bogotá (2012), y tercer lugar en el Concurso de poesía organizado por el grupo literario Poeta Osvaldo Ulloa, en Chile (2012). En el 2014 publicó el poemario “Papeles para leer en el retrete” (Ediciones con tinta ebria, Bogotá). Más sobre el autor: Facebook y Twitter.

 

 

Pecado original

El vómito se devuelve como una rata que salta del inodoro y asusta la mujer que caga pensando en niñas sucias bailando y vistiendo moscas que cubren las manchas de sopa ante la luz violeta del cigarrillo piel roja que las delata… unas manchas que huelen a pasto, a p de puta y perdón. El bafle se calla para escuchar el ruidito de la rata en el baño… mordiendo el clítoris como una manzana.

 

 

Diario de un día

He venido a tirarme al abismo donde dicen que queda la locura, para comprobar luego que la muy puta está en el cielo, donde los pies descalzos de los sueños caminan entre los clavos de humo que quiebran las sonrisas de los niños cuando entran a estudiar. E intento saltar alto pero no puedo, inevitablemente la gravedad me ha anclado como un pez-piedra al fango de la cordura; la gravedad del asunto, me refiero, ¿cuál asunto?… no poder comer de las bolitas-palabras que salen de las bocas de profesores de física-mierda.

El colegio inevitablemente —otra vez— te aburre, te hastía como la sal… pues nos gusta de a poquitos, como lagrimitas en una piscina…. pero nos dan mares y playas de 8 horas diarias y en China no se pueden quejar y aquí tampoco.

Nos han ahorcado las ilusiones con una corbata: todos los uniformes tienen incluida su respectiva camisa de fuerza. Pero la vida y la muerte que, en definitiva, son lo mismo, no tienen preferencias: el mundo entero suda sangre trabajando según lo impuso la organización mundial del trabajo: todos a fabricar bombas, unos grandes, otros pequeñas…

Y los pájaros en sus jaulas,  los sabios en sus manicomios… y las ratas de alcantarilla cazando pobres para su almuerzo… y yo aquí: al borde del abismo; mientras el señor presidente, en su baño presidencial, busca religiosamente entre la mierda la figura de Jesucristo y el croquis del mapa de Colombia… ¡y lo encuentra!… ¡y, lo peor, dice que es buena suerte!…

Y pienso que la Muerte, como el tigre, no es como la pintan: la Muerte es una niña que se divierte apagando velitas de las que venden en los semáforos los 7 de diciembre…

Y no aguanto un líder más, un profeta más, un libro más, un falso héroe: todos tenemos el corazón de ceniza.

Quizás mi cadáver sonriente decore mañana los periódicos amarillistas.

 

 

Dios también se civiliza

No sé cuánto tiempo llevo aquí: sentado en una silla que se queja por cargarme con sus patas gangrenadas, en un cuarto iluminado con una bolsa llena de luciérnagas muertas. Escasamente me muevo unos metros a mi cama: el ataúd donde descansan mis pocos sueños. Unos metros más allá está el baño que me une a la ciudad, a sus desechos, a través del retrete. Cuando la pantalla del computador se embriaga con la sangre de mi ausencia, y no puedo leer ninguna letra porque se vuelven sopa, recuerdo que debo comer algo, pues mi alma aún vive encerrada en mi cuerpo, que es como una lata de sardinas… que trago para olvidar mi carne.

De mis amigos y mi novia prefiero no hablar. Anoche soñé que el mundo era un gran cementerio: era de noche, hacía frio, y yo estaba casi desnudo. Corrí desesperado buscando algún semejante y me desperté cuando me di cuenta que el único muerto era yo.

Hace un año no salgo de mi casa sino exclusivamente a comprar comida enlatada en el supermercado de la esquina. Hace un año que no hago el amor, que no hablo con nadie. He decidido estar solo, se me ha borrado la sombra. Mis amigos son las palabras, y mi favorita silencio. No tengo miedo. En mis tejas de lata suena el agua jugando con un sapo que entra por la ventana. Un hermoso sapo que sabe mejor que yo del secreto de la lluvia.

Un hermoso sapo… un hermoso sapo que no sabe leer, ni escribir, porque ya es poema. Un hermoso sapo que no se preocupa por el nombre de dios, ni por las sombras atadas a la muerte… ni por enviar espermatozoides por correo electrónico.

 

Jeff Bark 1

por Jeff Bark

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