Cuentos

Breves de Rita Rodríguez (España)

Rita Rodríguez

(España)

 

 

rita rodriguez vortice

 

 

Rita Rodríguez. Barcelona, España. Licenciada en Filología Hispánica. Compagina su actividad profesional en el sector editorial con la escritura creativa. Autora de nueve cuentos infantiles. Algunos de sus relatos y artículos han sido publicados en antologías y revistas literarias.

 

 

El mar

Paseo sobre el vaivén de tus caricias en mis pies. Te acercas, tus dedos rozan mis tobillos, luego te vas. Doy unos pasos más y tu mano fría recorre mis muslos, tu firme brazo mi vientre, mi cintura. Tu fuerza me hipnotiza y me adentro más en tu batir, en ese subir y bajar sobre mis pechos. Un poco más y siento la blanca espuma que asciende por mi cuello erizándome la piel. Más… y me hundo en ti para que me poseas entera, sin dejar un resquicio.

(Texto publicado en la antología “Sensaciones y sentidos” de Diversidad Literaria)

 

 

Cambio de destino

Hace ya treinta minutos que emprendió la marcha. El hormigueo que sentí en la planta de los pies al subir al tren sigue vivo. A través de la ventanilla observo, dichosa, cómo se acerca el momento que tanto anhelo.

En pocas horas caeré en sus brazos, a él me entregaré rendida, solo a él: a ese destino que he transmutado.

 

 

Una tarde con Marte

El día está gris como su humor. No hay nada con lo que tenga más empatía que con el clima. El router vuelve a fallar y no sabe en qué invertir el tiempo que falta hasta que caiga la tarde. Mira a través de la ventana como si esperara encontrar en el vacío en el que enfoca sus pupilas algo que la anime, que la saque del hastío pero su agitada respiración entela los cristales y con gesto aireado los oculta tras las cortinas.

Ropa sucia en un rincón, el plato con restos de comida en el escritorio, botellas de agua vacías en el suelo, el mismo desorden que habita en su cabeza. Debajo de la cama asoma la caja de plástico en la que Marta había guardado las cosas que no quería tener a la vista, tonterías de cuando era niña. No le resulta fácil deshacerse de ellas pero, como los recuerdos que nos hacen daño, si están escondidas se olvida de que existen. Se sienta en el suelo y con las piernas estiradas se apoya contra la pared. Su atención, intermitente, se dirige hacia la caja. ¿Para qué abrirla?, pero hoy el tedio vence. La arrastra hacia sí y retira la tapa.

Con una mueca parecida a una sonrisa extrae de su interior las zapatillas de punta que utilizaba en sus clases de ballet. Se las acerca a la cara para sentir la caricia del raso melocotón y después las coloca sobre la cama. Ve los cómics de Mihona Fujii que solía comprar los sábados por la tarde con su madre, los vídeos de Caótica Ana y Báilame el agua, las entradas a sus primeros conciertos y el sobre en el que guardó algunas fotografías con ella. Una mezcla de melancolía y rabia le encoje el estómago y sin abrirlo lo tira al suelo. Nunca le perdonará que desapareciera. Quiere cerrar la caja pero un destello color púrpura le dice que no. No le resulta difícil reconocer al que había sido su fiel confidente. Ya no lo necesitas, se dice así misma con ese tipo de orgullo con el que nos dirigimos a los pequeños cuando creemos habernos hecho mayores. Pero el terco tedio vence de nuevo.

Marta abre el diario en el que escribió sus ilusiones, fantasías, anhelos, frustraciones, amarguras…, las vivencias e invenciones que la convirtieron en la adolescente que es hoy. Mientras lee se afloja, se ablanda, se abandona y sin apenas darse cuenta ya ha caído la tarde.

 

 

por Julia Fullerton Batten

por Julia Fullerton Batten

 

 

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