Goteras de Casa

La magia de César Cano

 

 

 

Alexánder Buitrago Bolívar - Revista Vortice

por Alexánder Buitrago Bolívar (@Al1234com)

 

 

Hace un par de noches departimos un rato bohemio con algunos amigos y amigas poetas –Omar Garzón, Aleja Becerra y Diana Carolina Daza- en un bar del centro de la ciudad de Bogotá, Colombia. Nuestra amistad es reciente, y por qué no decirlo, fortuita como esa reunión convocada por nadie, acaso la poesía; iba yo a beberme la noche o para ser menos pretencioso, menos lírico, tomarme unas cervezas, junto a una amiga, después de mi habitual jornada laboral. Hablaríamos de todas las cosas y de nada en particular para, finalmente, regresar a casa temprano porque el día siguiente demandaba obligaciones… mis amigos tendrían sus propios motivos para estar allí…

Se veía, de camino al bar, una cuidad recién lavada por la lluvia, una ciudad  sumergida bajo una oscuridad somnolienta que era horadada por las luces de los autos; la música de los bares buscaba a quienes no eran enlatados como frijoles en los vagones deprimentes del servicio masivo de transporte público o conocido como transmilenio, habitantes que disfrutaban a su manera la noche escuchando al jazzista ciego, al cuentero de ojos desorbitados quien entre las risas del público –debido a su pericia escénica- ocultaba su tristeza, o compraban poemas garabateados en papeles arrugados que una mujer iluminada por un chorro de luz sin origen, feliz ofrecía solemnemente como un conjuro contra todo tipo de males.

Entramos al local, avanzamos por una rampa semi inclinada y la escalera de cemento nos condujo al sitio indicado, lugar donde quince días antes se habían reunido los poetas fundadores del Nadaísmo Colombiano –Elmo Valencia “El Monje Loco” y Jotamario Arbeláez- para homenajear la causa Nadaísta en el país, no obstante, la ausencia o la muerte (que en este caso no es lo mismo) de otros muchos de sus más fervorosos contertulios como el Profeta del Nadaísmo, Gonzalo Arango, fallecido en un accidente aéreo, invitado de honor, y sin lugar a dudas, centro de la velada. Y muchos iniciados, novicios Nadaístas postmodernos -otros Andrés Caicedo-, leyeron poemas Nadaístas de espaldas a los académicos para subrayar la autenticidad y la vigencia del Nadaísmo.

Nuestros ojos, acomodándose a la poca luz, buscaron mesa y sillas disponibles; por la ventana, entre la barra de servicio y la tarima, se precipitaba sobre nuestros rostros un reguero de luz proveniente de la ciudad. Minutos después, Omar saludó, preguntó por mi hermano y por mi trabajo, notó mi afección de garganta y volvió con Aleja y Diana, ahí, solo a unas sillas. Mi amiga se fue; la acompañé a la puerta. Luego, se acercaron los poetas. Si bien, hablábamos con Omar sobre la Biblia repasando ciertos pasajes para establecer conexiones literarias fijándonos en los detalles narrativos, nuestra atención se fijó en l¨enfant terrible nacido en Armenia en 1994, quien sin micrófono, desde este púlpito pagano conmocionó a todos, no solamente con su presencia y su voz poderosa sino por sus versos magnéticos… mis amigos, con un fuego que los consumía por dentro,  reconstruían los Tres poemas para sobrevivir en Bogotá y una ñapa, de César Cano:

…siempre mi mamá
siempre con sus brazos de tierra me siembra y me echa agua y
me dice que soy una luz que parece una semilla y me pájaros volando
sobre su voz de tajadas maduras…

…Y sólo tengo pájaros en los bolsillos
pero con pájaros no compro panes
y ahora que esta tan jodida la cosa en Colombia…

…Pille mis manos, son soles de maíz que amasan el hambre
me las rompí fumando bazuco…
Nunca aprendí a escribir
pero estoy vivo

“¡Hay talento, es un joven que promete mucho, además vendió trescientos ejemplares de su libro, maravilloso!”, decían, mientras me empujaban los versos de César -con cervezas y todo lo que no soy- al fondo de sus palabras donde aguardaba la magia que tantas veces en la noche prometió Diana Carolina como un abracadabra benéfico para la salud.

 

Y salimos del bar.

 

Y caminamos despacio, el corazón sintiendo la bofetada del viento, caminamos despacio como sostenidos por hilos de luz…

 

 

 

Sobre el autor

Zipaquirá, Colombia, 1977. Docente de español y literatura. Ha participado en la Fundación Siembra, Zaguán de Poesía y en Los Impresentables. Publicó “Estación del fuego” en 2007. Ha obtenido varios reconocimientos por su trabajo literario: Primer puesto en el II Concurso “La memoria de nuestros pueblos: Homenaje a los estudiantes caídos en soledad”; mención en elIX Concurso Bonaventurano de Cali; mención en el XXVI Concurso de Poesía y Cuento de la Universidad Externado de Colombia. Y segundo puesto en el XII Concurso de poesía Eduardo Carranza en el año 2014. Además, ha publicado en varias revistas: Universidad de La Salle No. 60, Actas del CILEC 2013, Letralia, Cerosetenta de la Universidad de Los Andes y Puesto de Combate No. 80.  Más sobre Buitrago Bolívar: www.esquinasazules.blogspot.com

 

Portada: David Bender
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