Goteras de Casa

La clase de Español (I)

Alexánder Buitrago Bolívar - Revista Vortice

Por Alexander Buitrago Bolívar (@Al1234com)

 

 

Entras al salón de clase, un día habitual en la escuela, y te encuentras  con cuarenta, cincuenta o sesenta adolescentes con las hormonas alborotadas, a quienes quizás lo que menos importa es prestar atención a clase. Es clase de Español, me digo, mientras miro los rostros que expresan muchas verdades: problemas familiares, no desayunaste porque peleaste con tu padre o no tienes padre, hogares disfuncionales o dilemas propios de su edad como el definir su identidad, hallarle sentido a la vida (¿estás pensando suicidarte?), falta de éxito en todo, incluso en las relaciones con el sexo opuesto o contradicciones internas al sentir gusto por el mismo sexo, quizá aquel otro sea ensimismado antisocial depresivo y aficionado a los libros, roquero empedernido,  extrovertido o busca sacar de casillas al profesor, desestabilizarlo tirándose gases  (o pedos) en clase para hacer reír a sus compañeros, para divertirse un poco porque está aburrido.

Estereotipos, no los conozco realmente, pienso, la educación debe liberar, no agobiar, ni manipular conciencias, ni rellenar de información inútil los cerebros; la escuela, citando a Juan Bautista de la Salle, es lugar de salvación. Todo está listo: he preparado la case, conozco el plan de área y el de asignatura, el material didáctico está previsto, asimismo los textos a trabajar… y, sin embargo, nada está listo: se requiere ser cercano a ellos, y a la vez no, ocupar el rol de educador y adulto así tu edad no diste mucho de la de ellos; ser un sicopedagogo excepcional, sicólogo de tiempo completo que lidie en clase con situaciones que en casa se agudizan y revientan en el colegio; es necesario conocer la historia del país, la cultura y la economía, a lo mejor no hacerse el desentendido con los deficientes resultados de la prueba Pisa o las pruebas Saber; además, la realidad dura, inmediata: no nos gusta leer, menos lo que la institución dogmatiza, se requiere entonces mano firme, pulso de hierro en guantes de seda, tener el control de la clase, la sartén por el mango…¿tener el control? ¿Límites?

Pregunto por los libros que han leído, por cómo escriben, y en general, por su experiencia lectoescritora previa a esta clase. Sus caras lo dicen todo y claro, quiero o me gustaría saber cómo han sido sus clases de español. Pero prefiero compartirles mi experiencia. Me refiero a la tortura que era para mí leer las páginas de los libros que sugerían los profesores, páginas de letras pequeñísimas sin ningún dibujo o algún oasis en blanco donde tomar aire, donde descansar tanta fatiga o eludir el peso de la tiranía de la palabra incomprensible o mal traducida, libros que ni siquiera abrí o cuya trama me contaron o inventé o copié en arriesgadas maniobras evasivas por pasar los exámenes, libros que con solo verlos me producían sueño, mamotretos empolvados y llenos de telarañas que en ese momento no pude rescatar del olvido: ¿iba yo a saber, a caso, que esos mamotretos aburridos me salvarían del olvido, abrirían mi apetito de eternidad, y como un Big Bang, expandirían mi universo?… escribir, ni me pregunten, señores, paulatinamente he ido mejorando la letra y la ortografía; años después comprendí lo que escuché de alguien: detrás de cada escritor hay un gran lector, a escribir se aprende escribiendo, es necesario sacrificar mil mundos para pulir un verso, hay que vivir antes de escribir…

Y con el paso de los días se va tomando conciencia de qué es lo esencia de la vida y cómo se quiere vivir el tiempo que resta sobre la faz de la tierra. Obvio, no soy un Cervantes, sin embargo quiero los libros y los releo de cuando en cuando en ese ejercicio saludablemente Borgiano de la relectura, y, sí,  a veces ejerzo mi derecho a no seguir leyendo según reza en Como una novela, de Daniel Pennac; los libros van, vienen y se quedan en el corazón como los buenos amigos o los vinos exquisitos que alivian las penas antes de regresar a casa, comí al lado de Hamlet y morí con él, viajé con Atreyu para salvar Fantasía, me acosté con Madame Bovary todas las veces que quise y lloré su muerte, conocí París y besé los labios pecaminosos de Naná, soñé ser un Bel Ami, y en mí aún viajan Sancho y Don Quijote… son amigos que quiero volver a ver en las páginas que antes me eran indiferentes o incluso detestaba…

Por Ravi Vora

Por Ravi Vora

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