Columnas/Goteras de Casa

Goteras de Casa: “La gallera”

La gallera

 

 

Por Alexánder Buitrago Bolívar (@Al1234com)*

 

Ayer, en la Feria Internacional del libro de Bogotá, en el pabellón dedicado a Macondo, mientras a las seis y quince minutos de la tarde Leila Guerreiro  y Alberto Salcedo, ambos periodistas cardinales para el periodismo Latinoamericano, mientras ellos evocaban a Gabo y sus alrededores macondianos, me trasladé a mi infancia, a mi casa natal, a mi pueblo, a los viajes a los que me llevaba mi padre cuando iba a la gallera de algún pueblo cercano. Los preparativos para esta fiesta gallística empezaban meses antes cuando les cortaba la cresta a los pollos de pelea y les peluqueaba, con unas tijeras pequeñas, el cuello y las piernas, los muslos no amarillos sino rojos, poco a poco enrojecidos como los otros peladores alados.

Mi padre tenía estrictos horarios para alimentar sus combatientes emplumados, una dieta balanceada y, dentro de ese ritual pagano de confinamiento donde no les era permitido a estos machos gallos  encaramársele a hembra gallinácea alguna más o menos respetable de la calle –o siquiera arrastrarles el ala a las viejas gallinas conocidas-, había maratónicas sesiones de entrenamiento donde se afinaba la puntería del gallo boxeador en el lance de sus duras espuelas amarillas para apuñalar  a un rival también enfurecido al momento del combate; acuchillarlo, noquearlo, derribarlo, o al menos dejarlo ciego, y eso sí, que nunca se cansara, el gallo de pelea de mi padre debía morir peleando no por malo sino por bueno…

Y el animal, el quetzacoal sabanero, el ave de fuego que había sido alimentada a punta de ceniza, huevo cocido, mucha agua y rezos a la santísima Virgen María, el loco monje casto, el fino luchador de cuello erguido y ojos asesinos que se preparaba en su modesto monasterio de madera siempre higienizado para su comodidad, el toro de patas de pollo y pecho de plumas que de madrugada desesperaba a los vecinos con su canto inoportuno, el gallo de pelea siempre, casi siempre salía ensangrentado –victorioso, quizás- de sus duelos a muerte con su opuesto mortal, con su contrario asesino; tal vez como los viejos poetas que con dientes y garras y plumas y gritos se enfrentan a la muerte cada vez que se desangran en el infierno de su propia escritura.

Y el día acordado, ese día fatal, ambos asesinos endiablados, ya en la gallera, luego de revisar los pesos de cada avechucho luchador, de hacer un primer careo los propios dueños, cazado el precio de apuesta previamente establecida –y cada cual apostando al más bellaco, al mejor criminal, al azar-, se le enguantaban dagas de carey en las espuelas a cada gallo, cimitarras asesinas, catanas puntiagudas que lograrían efectividad en el combate gallo a gallo; y todos los invitados al ritual sangriento de aquel domingo remoto –y chismosos, y aficionados, y tal que cual inocente impúber-, se agolpaban desde sus sillas de cemento alrededor del ruedo para alentar su pequeño samurái erguido y furioso, a contrareloj, para vencer a la muerte en un remolino invisible de  gritos, sangre y furia.

¿Qué más puedo decir? Yo sólo  tenía siete años, y tenía frío, y hambre, y devoraba lo que había en la vitrina de la tienda de la gallera, y disfrutaba ver a los gallináceos gladiadores batirse a duelo cada domingo y, nunca hubiera escrito sobre estos dos gallos finos del periodismo, instalados uno al lado del otro, hablando cálidamente sobre Gabito; “combatiendo” sin espuelas, sin reloj a bordo y sin la necesidad de aletearle a la muerte si, finalmente, no hubiese sido otra vez, ayer, en el pabellón dedicado a Macondo, el niño de siete años que celebra en la gallera en compañía de su padre el ritual pagano, la misa gallística para arrinconar a la muerte.

 

Foto: Hanna Silbermayr

Foto: Hanna Silbermayr

 

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*Sobre el autor

Alexánder Buitrago Bolívar - Revista VorticeZipaquirá, Colombia, 1977. Docente de español y literatura. Ha participado en la Fundación Siembra, Zaguán de Poesía y en Los Impresentables. Publicó “Estación del fuego” en 2007. Ha obtenido varios reconocimientos por su trabajo literario: Primer puesto en el II Concurso “La memoria de nuestros pueblos: Homenaje a los estudiantes caídos en soledad”; mención en elIX Concurso Bonaventurano de Cali; mención en el XXVI Concurso de Poesía y Cuento de la Universidad Externado de Colombia. Y segundo puesto en el XII Concurso de poesía Eduardo Carranza en el año 2014. Además, ha publicado en varias revistas: Universidad de La Salle No. 60, Actas del CILEC 2013, Letralia, Cerosetenta de la Universidad de Los Andes y Puesto de Combate No. 80.  Más sobre Buitrago Bolívar: www.esquinasazules.blogspot.com

 

 

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