Columnas/Goteras de Casa

Goteras de Casa: “El ciudadano de la noche”

 

El ciudadano de la noche

 

Fernando Cely Herrán

Fernando Cely Herrán

 

 

Por Alexánder Buitrago Bolívar (@Al1234com)*

 

Para Fernando Cely Herrán, poeta colombiano

Me gusta la música de la ciudad que se oye desde los articulados del Transmilenio, tan odiados y amados como los políticos; el articulado en el que viajo de regreso a casa me permite leer las páginas de la noche que no he hallado aún en los libros, libros vilipendiados, usufructuados, ignorados, inmolados, censurados, prostituidos –quizás como en alguna Feria del Libro-, libros derrotados, desleídos por las lágrimas de sus pocos lectores o de sus protagonistas, libros que se olvidan en alguna famosa biblioteca de polvo de algún escritor reconocido o libros famosos muertos de tedio prematuramente en alguna sala de lectura extraña; libros urbanos las calles llenas de miseria, calles rotas con los abandonados poblándolas de olvido, calles que me empujan a caminarlas, a olerlas, a beberme la noche con todas sus posibilidades venenosas; la ciudad es un libro descuadernado  no contento con entrar desparramado por la ventana del vagón del Transmilenio; tengo que bajarme en la siguiente estación, no puedo contener estas ganas de gritar, esta sensación de roedor al devorar la noche, cada calle, cada esquina musical donde puedo perecer si respiro suficientes puñales, bajo, desciendo de la estación atestada aún de transeúntes sórdidos o tristes o ambas cosas, la luz amable me incita a degustarla preparándome para la noche que me envuelve con su misterio de asesino, nadie me sigue, cada cual en lo suyo, el poeta allá teje su pasado con los hilos invisibles que le ofrece el amor, la poesía; los demás ciudadanos – como yo- socavan la noche deambulando con su costal acuestas y la multitud de perros siguiéndolos; los travestis exhiben sus cuerpos a mi paso, lanzan besos, yo sólo miro la luz de sus ojos y sus esbeltas alas en esta calle oscura, a lo mejor beba un trago, no soy poeta pero aquí hay poesía sólida en el aire marihuano, digo, en el sonido metálico de los veloces autos, en la mujer nocturna que canta alegre, en los ebrios de la esquina que acaban de romper una botella antes de orinar; pienso que si esta ciudad es un libro no quiero pasar la página y que deseo conocer la biblioteca toda, no la conozco, sólo la imagino, tendré que ser más asiduo a sus renglones, pienso, más lector de ciudad; la ciudad empieza en mi mano y termina más allá de la imaginación con cosas que ni conoces, poeta; camino, no voy a llegar nunca a casa a este paso de albatros exhausto, acaso la ciudad sea más que la ciudad de los periódicos y las redes sociales, acaso sea ya tardío para mí convertir la ciudad en camino, y me detengo aquí en este bar donde unos guitarristas transforman la cotidianidad en hazañas memorables, ellos rasgan las cuerdas que me transportan sin bastón hacia lo inefable, hacia la casa de Agustín Lara, por ejemplo, para tocar el piano alcahueta de los boleros más famosos que me gustan, no, apresura ese sorbo de whisky, poeta, y persiste en tu delirio; miro la luna solitaria como una moneda de plata detrás de las nubes color invierno que se aferran entre sí antes caer como llovizna; yo fumo cada palabra para sentir su música, mastico su aserrín mojado, chupo cada suspiro, me bebo todos sus ríos como si cada palabra fuera un país que he habitado, conozco los límites de piel de las palabras y las cicatrices que cada palabra ha dejado en ese oficio mío de traga fuego, de alquimista de la transmutación entre el deseo y el acto, mi trabajo cotidiano de pulidor de versos, mi labor usual de artesano de suspiros; yo, que todo el día moldeo silbos, y aunque no sea poeta, estiro los hilos del tiempo para atarte a mis palabras, para que ames la poesía más allá de las aves que he escrito volando, y de los recuerdos que olvidarán, porque los recuerdos no tienen memoria como la soledad o el hastío, es decir, llamaré a tu puerta y moraré en tu casa hasta que tu angustia no requiera poesía.

 

Foto: Thierry Cohen

Foto: Thierry Cohen

 

Línea

*Sobre el autor

Alexánder Buitrago Bolívar - Revista VorticeZipaquirá, Colombia, 1977. Docente de español y literatura. Ha participado en la Fundación Siembra, Zaguán de Poesía y en Los Impresentables. Publicó “Estación del fuego” en 2007. Ha obtenido varios reconocimientos por su trabajo literario: Primer puesto en el II Concurso “La memoria de nuestros pueblos: Homenaje a los estudiantes caídos en soledad”; mención en elIX Concurso Bonaventurano de Cali; mención en el XXVI Concurso de Poesía y Cuento de la Universidad Externado de Colombia. Y segundo puesto en el XII Concurso de poesía Eduardo Carranza en el año 2014. Además, ha publicado en varias revistas: Universidad de La Salle No. 60, Actas del CILEC 2013, Letralia, Cerosetenta de la Universidad de Los Andes y Puesto de Combate No. 80.  Más sobre Buitrago Bolívar: www.esquinasazules.blogspot.com

 

 

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