Poesía

Prosemas de Andrés Eduardo Herrera (Colombia)

Andrés Eduardo Herrera

(Colombia, 1992)

 

Andrés Eduardo Herrera

 

 

Les compartimos textos de Andrés Eduardo Herrera (Kv!). Fusagasugá, Colombia, 7 de octubre de 1992. Cursó estudios en la Universidad Nacional de Colombia. No ha publicado nada, hasta hoy, y algunos sostienen que no es nadie. Él se empeña en confirmarlo.

 

Grituras

 

Los quienes se juntan, reposan, cierran sus ojos y la soledad se calma un poco; otros se alejan, miran sus relojes y me llama un quien desde la ventana de un segundo piso. No le entiendo y mira como si se prometiera algo. Desde allí arriba la figura del cuerpo caminando y las palomas en los tejados y la calle han de tener una consistencia espantosa. ¿Cómo se adquiere la habilidad en la mirada de separar las formas de la imagen? La memoria las lleva rotas desde el principio y ella misma está hecha con un fondo de nata. Es de madrugada. Y palabras. ¿No son las palabras pedacitos de sonido que van armando el mundo a su tiempo todo el tiempo?

Una mirada y una mano con un reloj al descubierto. La cabeza se vuelve a sus asuntos y un quien mira, se describe a sí mismo en los billetes de los bancos. El otro será siempre un acontecimiento inevitable. Llamados dudosos, parecidos a sí mismos, actos tímidos y masturbatorios salvajemente culpables, gritos ya sin voz. Aquí estoy ¡una presencia inútil: Sed. Llenura. Vacío. Un lápiz. Un anillo. Un vaso. Las cosas suceden una vez al tiempo. Todas al mismo tiempo y ya no se puede pensar en Dios. Por eso las palabras no son útiles. Nos iremos pronto. La necesidad es un presentimiento de morir lentamente si no se hace algo rápido.

***

Ella mira su boca en el agua y bebe. Dicen que sobre su piel duerme gigantes y que los ojos se empapan de tristezas cuando se la mira distraída. Camina con una soledad tan llena de voces, que a veces se le ve bailar con las palomas y suspira porque ella también tiene alas pero no la dejan volar. Y es su nombre una canción que el viento se lleva lejos para que nadie la escuche. Sólo yo he podido morder un poco la delicia de ese sonido. Basta con beber cualquier agua para tocar sus labios y llenarse el alma de pájaros y hojas vivas. Me arrulla su venir. Le he visto tocarme en la memoria y sus imágenes me invaden con aromas difíciles. He sido derrotado y ella cambia de guerra. No muero, pues ella se cansa, se aburre, regresa y vela en la noche a sus heridos. Soy un tacto encadenado y quiero rehacer su cuerpo con todos mis besos. Mi voz le sigue, hace sombras en las soledades más frías. Esta ciudad es sólo una piedrita entre sus sueños, los dos nos difuminamos mientras caminamos sus calles de humo. Somos dos imposibles que se encuentran para salvar la esperanza de una señal. El amor es un monstruo desmesurado que se fuga mientras se parte en dos.

***

Desde hace mucho no sabe lo que sigue después de un entonces. Y así va de prisa sin contestarse de más, va por los pasos, seguro de no caerse pero cuando se da cuenta su mirada es la ruta misma. Por las noches le pisa la sombra al diablo para que no se vaya tan lejos, le dejaría ir si le obliga a confesar que no existe, pero dice que no puede dormir sin sus gruñidos infernales, por la pura costumbre de sentir el mal como una puñalada que no llega. No lo recuerda pero ha recibido el bocado traicionero de la promesa, un estar junto con otros. Un poco para calmar su carne y su voz en medio de las metrallas del ruido, y su fuga. Le parece que el tiempo no es una mano invisible que borra imágenes, ni un giro sin freno que al sol orbita, es un poco el dejarse ir a no se sabe dónde. Y lame cada mañana su herida, deja que el mundo entre de nuevo para que le mate de apoco, al menor descuido. Pronto se escucharán gritos ahogados que se doblan y se apagan entre sus recuerdos, hay quienes dicen que desaparecen cuando se deja la puerta de la habitación a medio cerrar. Por eso las ha quitado y en su lugar ha dispuesto su mirada aterrorizada por su miedo a un mañana. En su espera, la noche se mete toda en el alma e incuba como siempre sus larvas de sueño. Y así promete un respiro más. Un sollozo desmesurado. Pero ya no hay vértigo. Ha rebanado la angustia en julianas para el viaje. Dice su silencio. Le traiciona.

 

Foto: Alex Stoddard
Foto: Alex Stoddard

 

 

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